lunes, 13 de febrero de 2012

‘Paso del Norte, que lejos te vas quedando…’

Sergio Larraín, mi abuelo y el pasado histórico minero chileno
Marco Chandía Araya

En el año 2007 estuve en Tulahuén detrás de la pista de Sergio Larraín. Joan, un conocido y amable español, economista y amante y conocedor del arte fotográfico, fue quien me habló de él. El primero en revelarme el misterio y en traspasarme su admiración. Esto porque Joan, experto en economía portuaria pero sobre todo inquieto por el enigma cultural que envuelve a estos espacios, tuvo noticias de La cuadra, pasión, vino y se fue..., un libro que publiqué en el año 2005, como resultado de una investigación de lo que había sido la bohemia del Barrio Puerto de Valparaíso, específicamente de su calle Cochrane (“La cuadra”) y sus años dorados de los cincuenta, hasta el Golpe de Estado de Pinochet, en el 73, que es cuando comienzan a cerrar por el “toque de queda” y la represión los locales nocturnos y con ello a desaparecer esta licenciosa y popular forma de vida porteña.

Lo primero que me dijo mi amigo catalán fue que precisamente aquellos años de esplendor porteño habían sido registrados por un famoso como misterioso fotógrafo chileno. En efecto, me puse a indagar y hallé esas deslumbrantes fotos de los prostíbulos porteños, la de las niñas que bajan las escaleras, la brumosa imagen del muelle donde aparece un señor de espaldas sujetando un maletín. Para mí, que intentaba (e intento aún) con el libro configurar una suerte de poética porteña y ante la cual requería de todo tipo de soporte en espacial la memoria oral y los imaginarios desde la literatura hasta el cine, pasando por la fotografía —y de las que hasta entonces sólo conocía las clásicas de Harry Grant Olds y Obder Heffer, que datan del 1900—, con los cuales construir este imaginario poético, la revelación de Joan sobre Larraín fue crucial, tanto por el valor poético de las imágenes, las que venían a engrosar este imaginario, como porque en efecto y sin ninguna duda Larraín-había-estado-ahí. No sólo fotografió esos espacios que yo buscaba ansiosamente reconstruir, sino que por su aporte testimonial, no pintoresco sino vivencial, poéticamente vivencial, como espontáneo y silencioso, formó parte de ese mundo, se inmiscuyó en sus entrañas, reveló la magia del prostíbulo porteño, la forma de vida popular del habitante, desentrañó el misterio de la cotidianeidad que por todas partes yo intentaba darle, cincuenta años después, un sentido. Armar un rompecabezas desde adentro, lo más auténticamente posible.

Y eso, cómo no, fue en mi búsqueda, un develamiento demasiado evidente que no sólo le dio más carácter a mi trabajo sino un espesor adicional que no había previsto. Al unir los relatos orales recogidos por los viejos que habían vivido esa experiencia jaranera y marginal con textos literarios que la recreaban y a eso sumarle ahora esas fotografías de Larraín lo que aparece como resultado es un Barrio Puerto distinto, o, mejor dicho, un Valparaíso otro, una ciudad-puerto imaginada, densa; un espacio del habitar cargado de un carácter poético que tenía su propia y particular vida. Todo ese cúmulo de sensaciones registradas había hecho —como diría Bachelard— aumentar el valor de la realidad. Al punto que podría hablarse de un Valparaíso imaginado del mismo modo como se habla de un Londres imaginado. El Londres de Poe dibujado por Doré tenía el mismo valor que el Valparaíso de Manuel Rojas fotografiado por Larraín.  

Hasta entonces el contacto con Joan había sido sólo a través del correo electrónico, en uno de los cuales me había dicho que vendría, como había venido muchas veces, y como a casi todos los puertos del mundo, a Valparaíso. En unos meses ya estaba de nuevo en Chile. Fue en este viaje suyo, como todos, por lo demás, en el que aparte de su trabajo profesional —me imagino racional y objetivo— aprovechaba de dedicarle tiempo a su otra pasión, a las fotos, pero en general a la parte más “instintiva” o menos “dura” de su trabajo como economista ligado a los puertos del mundo, en que tuvimos la primera entrevista real en un bar de Valparaíso. Ahí hablamos de puertos, pero en especial, claro, de Larraín, donde me fue contando la historia alucinante del fotógrafo. De su relación con Cartier-Bresson y su incorporación a la prestigiosa Agencia Magnum y de su sugerente y alucinante trabajo. Las hiperrealistas imágenes de los niños hambrientos del río Mapocho, en Santiago; las fotografías que hizo de Londres, Roma, Sicilia, Madrid, Medio Oriente, África…, el de los poblados indígenas altiplánicos, y, principalmente, el de Valparaíso. También de su vínculo con Neruda y de donde surgió Una casa en la arena. Joan me pone al tanto de su obra como de su reconocimiento mundial, considerado como uno de los artistas más prestigiosos en la historia del arte fotográfico. En este contexto de logros y reconocimientos huye del aplauso y se “recluye” en Ovalle.
 
‘Recluir’ es una falacia mediática. Porque más tarde comprobé, y contrario a lo que ha dicho la prensa sensacionalista o los artistas aficionados de última hora, que eso no tiene absolutamente nada de reclusión, antes al contrario, responde a una apertura absoluta a partir del viaje interior. Lo que sucede es que ingresa a otro universo espacio-temporal que no es el del espectáculo urbano (se asienta hasta su muerte en este pequeño poblado precordillerano a fines de los setenta). Pero nada mejor para nuestros medios sensacionalistas denominar su acto de búsqueda espiritual como un ermitañismo extravagante, como un rechazo frontal al mundo. Una suerte de eremita medieval penitente, una ayunante desadaptado, incluso, loco, pero no loco sabio o loco lindo, sino loco loco, viejo loco. La figura de Larraín aparece pues bajo cualquier fórmula para crear la imagen del “mito viviente”, del “ángel caído”, del “fotógrafo de Dios”. Será por esa necesidad del chileno de tener que creer en algo o alguien que trascienda la inmediatez del exitismo reinante. Personajes como Larraín tal vez sirvan a esa desvanecida espiritualidad nuestra. Pero el fotógrafo no pasa de ser para los medios un tipo curioso, sujeto extraño, personaje antisocial y atípico, ya que, lo lógico, según te criterio de moda, es disfrutar de la fama y los elogios banales, los que, claro está, Larraín ya los tenía bien ganados.

Pero a él no le importa eso. Su locura es aún más digna. Un ejemplo de honestidad y de humanismo profundos. Representa a esa generación última de nuestros viejos baluartes, referentes de un heroísmo extinto, de un grupo de sujetos nacidos entre 1920-1930 y que vinieron a cambiar definitivamente la historia del arte y la cultura chilena. La elite de los últimos modernos cuyas figuras paternas indiscutibles fueron los hermanos Nicanor y Violeta Parra y los padrinos, la Mistral y Neruda, primo hermanos de José Santos González Vera y Manuel Rojas… Larraín, Oyarzún, Jodorowsky, Lihn, Jara, Teillier y otros asumen este compromiso vital y comparten el proyecto de crear un nuevo imaginario de Chile, el que nace a partir de la experiencia del mundo cotidiano de su habitante, desde su auténtica chilenidad, sin remilgos ni estereotipos. De ahí que cuando Larraín se va a Tulahuén no lo hace para rechazar el mundo, al revés, se siente conminado a seguir hallándole sentido a la existencia y a continuar con el proyecto asignado pero ahora no desde la fotografía, la que, según él mismo, ya estaba por su parte concluida, sino desde otras fronteras, específicamente desde el yoga, la meditación, el ejercicio físico e espiritual permanentes, y en una relación directa con la tierra. Lo suyo no es una fuga: es un retorno al principio de todo.

Pero Joan no sólo me contó la historia, media real, media recreada, de Larraín, que se venía tejiendo como leyenda desde Europa y desde Magnum y otros fotógrafos (historias que, por cierto, iban haciendo crecer más todavía mi interés por conocer a este fotógrafo ligado, como sea, a la oligarquía terrateniente chilena), sino que además me trajo de regalo tres joyas: Sergio Larraín (1999), antología con textos de Neruda, Bolaño, etc., London (1998), Una casa en la arena (1957) y una recopilación donde aparece esa foto suya, la de las niñas que bajan las escaleras, dentro de las cien mejores del arte fotográfico (sin duda el único chileno y me parece que también el único latinoamericano). Obra ésta, editada por Cartier-Bresson. ¡Qué regalos! ¡Qué compromiso! No con Joan, quien me los cedió amablemente, y ni siquiera con Larraín, sino conmigo mismo y con mi trabajo, o, más precisamente, con ese mundo popular que yo buscaba visibilizar para denunciar su exotismo y situarlo en el lugar que le corresponde: como un mundo que pese a todas las vicisitudes sufridas se mantenía resistiendo los embates modernizadores proponiendo siempre otras formas de vida, un modo más amable de habitar el puerto y las ciudades de América Latina.

Fue pues en este contexto de apertura al saber y de acechantes cuestionamientos que emprendí la búsqueda de Sergio Larraín. Debo decir que en mi exploración no hubo ningún otro motivo que no fuera el de conversar con Larraín sobre el puerto que retrató, del mismo modo como me acerqué a los viejos patibularios que vivieron ese mismo cronotopo por dentro. No iba ni como periodista ni menos como fotógrafo, simplemente porque sé muy poco de fotos y porque mi interés estaba centrado en ese momento epónimo de la bohemia porteña donde había estado de lleno —y boca abajo, a juzgar por esas fotos a ras de suelo— el fotógrafo. Las preguntas eran dos y así de sencillas y puntuales: ¿don Sergio, cómo era ese puerto que usted fotografió? ¿Por qué eligió esos lugares, qué le atraían de ellos? Eso era todo. No llevé grabadora ni cámara, nada que pensé podía inquietarle, apenas mi cuaderno de apuntes. Pero para llegar a este momento, el del encuentro con Larraín, debo contar el origen de este viaje hacia Ovalle y que permite comprender mejor el valor que tuvo esta exploración.

Después de esta reunión con Joan, pasaron varios meses antes de poder viajar a esta ciudad del Norte Chico. Puntualmente el mes de febrero del 2007 estuve por única vez en el valle de Tulahuén detrás de la pista de Sergio Larraín. Pero este viaje fue mucho más que Larraín, pero él como complemento clave. El viaje al Norte Chico no incluía sólo la búsqueda del fotógrafo; lo cierto era un viaje que me había trazado hacer hace años a esta zona, un trámite irrenunciable que me venía punzando desde muy joven. La búsqueda de Larraín se hallaba dentro de un plan mayor cual era obtener datos sobre la existencia de mi abuelo materno: Laureano Araya. Y que en el fondo respondía a la urgente necesidad de poder, por fin, armar mi deshojado árbol genealógico. Todo esto le daba un tinte aún más mágico y profundo a la figura de Sergio Larraín: estaba irremediablemente involucrado con mis raíces ancestrales. Todo en Ovalle, en la Cuarta Región de Chile. Una suerte de Comala rulfiana.

Pero había todavía otro motivo y que en el fondo responde también a los orígenes de parte de mi madre y que implicaba ir más allá de Ovalle, la región y el Norte Chico, en resumen, exigía meterse a conocer el Gran Norte chileno porque de allá, de las salitreras, viene mi sangre Araya-Matamoros. Pero esta vez era imposible recorrer la pampa, me debí conformar con un recorrido circular que planeé como de conocimiento y recolección de datos precisos que me llevaran a los tres motivos centrales del viaje.

El primero y, digamos, el principal: llegar a Punitaqui, ese nombre que oía de niño, ciudad natal de mi mamá y ahí buscar señas de mi abuelo, quien, ya lo sabía, había muerto hace años, en una de las minas del Norte Grande. Pero necesitaba completar datos, dónde había vivido, si quedaban hermanos, si tenía parientes, en fin, y por último, pisar la tierra donde nació mi mamá y de donde salió de la mano de mi abuela Adela para no volver después de sesenta años, un año después de este viaje mío. Como todos estos viajes, de pronto todo se hace incierto y confuso. Primero porque Araya en Punitaqui son todos, y los que no, de alguna manera se relacionan con uno. Luego, claro, el abismo temporal. Qué podría haber encontrado después de sesenta años. Cualquier cuento pudiera resultar cierto. Por eso que partí por el Registro Civil y la iglesia, el registro inequívoco, el dato oficial antes de meterme con la memoria histórica, la oralidad. 

En la oficina civil, atendida por una señora joven que, por cierto, venía siendo, según los cálculos que sacamos, una especie de prima política de cuarto o quinto grado, cuyo parentesco aunque lejano facilitador puesto que puso en mis manos nuestra Biblia, la verdad legal de mis ancestros: el libro que señala las actas de nacimiento de mi mamá, el día en que mis abuelos se casaron, sus nombres completos, sus lugares y fechas de nacimiento, sus firmas, las de mis bisabuelos autorizando a la niña Adela de quince para casarse. Había en nuestro expediente incluso hasta una especie de timbre, inmenso, donde aparecían todos los datos de mi papá, fechado el día en que se casó con mi mamá, y, claro, los nombres de mis hermanos y el mío. Todo el fichaje de todos, firmado y timbrado, como el dios legal manda. Es raro y fascínate hallar esa información tan precisa y reunida toda en un par de hojas envejecidas por los años y que revelan toda nuestra historia en un lugar tan distante y desconocido a la vez. Es ahí cuando vuelve a recobrar sentido el valor del origen ancestral, el apellido, la estirpe, el terruño, la noción de patria (o matria), de nación. Pero que pese a lo distante y desconocido del lugar, esos datos oficiales a uno lo reubican en la casa, en el espacio de la hoguera paterna, en el focus milenario. De modo que cuando salí del Civil Punitaqui ya me parecía el barrio de siempre. Me sentía en casa, rodeado de primos y tíos y vecinos con quienes daban ganas de saludar como parientes para detenerse y conversar bajo la sombra de un árbol mirando el sol a plomo de medio día, sin una pisca de brisa.

Con estos aires partí al lugar más o menos exacto donde había nacido mi mamá y se había criado hasta los seis años y por donde habrían vivido el corto tiempo de casados mis abuelos, hasta que Adela, mi abuela, abandona todo, coge a mi mamá y huye —creo que nunca sabré por qué— para siempre hasta Viña del Mar, donde vive con sus 85 años. El lugar es un valle dentro del valle, atravesado por un delgado pero fuerte y fresco pequeño hilo de agua y en cuyos lados surgen casi imperceptibles casas rodeadas de árboles, sauces, parrones y flores (“…unas flores de Punitaqui, unas rojas flores, geranios, flores pobres de aquella tierra dura”, ha escrito Neruda). Ahí vive aún un hermano de mi abuelo, o sea, un tío abuelo, quien no supo darme muchos datos tanto por la diferencia de edad que tuvo con mi abuelo como por la vida de minero errante que había tenido aquél. Las imágenes de este viejo Araya respecto al otro viejo Araya, Laureano, mi abuelo, se habían vuelto con los años difusas. Sus recuerdos se remitían a cuando niño lo veía llegar —cansado y pobre, me imagino yo— a casa, después de largas ausencias, para estar un tiempo y volver a partir. Hasta que no volvió más. Se quedó, dicen, de donde era originalmente y de donde es en el fondo toda la estipe de parte de mi madre: Rica Aventura o Toco, antiguas Oficinas salitreras a unos 200 km al interior de Tocopilla, en pleno desierto. Laureano vivió y murió como minero. Aunque ya las salitreras no operaban, se me ocurre que por instinto o costumbre quiso estar siempre ligado a ellas, como los jubilados de antes cuya existencia estaba estrechamente ligada a su lugar de trabajo y por eso siguen yendo hasta conseguir un puesto de guardia o aseador. A mi abuelo lo imagino así. Un hombre del desierto, un minero peregrino, como Ulises, incapaz de volver y quedarse en otro lugar que no sea el Norte, el Gran Norte. Allá debe estar enterrado. Algún día tendré que ir a ver si la pampa me da alguna pista suya, su tumba, acaso su nombre inscrito, así sea en los registros de papeles ajados por tantos años desiertos. En esto me viene  a la mente el corrido Paso del Norte, de Antonio Aguilar (“Paso del Norte/ que lejos te vas quedando/ Tus divisiones de mi se están alejando/ Los pobres de mis hermanos de mi se están acordando/ Ay cruel destino, para ponerse a llorar…”). Te lo dedico Laureano.             

Este, como digo, fue el primer motivo del viaje. No es para menos. Revelárseme de pronto una parte de mi historia, tener al frente a un hermano de mi abuelo, caminar por las calles de Punitaqui, recorrer su cementerio, comer el recomendado sándwich de pernil con la respectiva cerveza fría después de todo y antes de volver al epicentro de operaciones, la ciudad de Ovalle, capital provincial. Y además, como corolario de la historia, poner los nombres que al truncado árbol familiar faltaban.

Pero aún había otro viaje que me venía acechando desde hace tiempo y que estaba, como todo en este peregrinar, ligado a todo. La cuestión era conocer la Tercera Región, la zona del otro mineral, la de la plata y del cobre. Chañaral, Copiapó, El Salvador, pero, al fondo, o, sobre todo, el principal interés estaba en conocer un antiguo poblado minero ubicado a casi  3.000 metros de altura y cuya historia me había dejado deslumbrado cuando supe que en el año 2000 quedó absolutamente desierto debido al abandono masivo que sufrió por problemas ambientales. Hablo de Potrerillos. Después de haber sido durante el siglo XX uno de los principales centros mineros de la región y donde ascendía por entre las laderas de los inmensos cerros un hercúleo tren de carga con la llegada del milenio Potrerillos se convierte en un pueblo fantasma. Su gente debió llevarse todo lo que pudo para no volver más al lugar que les vio nacer y creó ese espíritu aguerrido del minero chileno. Ahí imagino sus casas abandonadas, el hospital, la escuela, sus calles pérdidas en medio de la pampa. 

Pero como no pude llegar a mi deseado destino (por razones de seguridad está cerrado su ingreso), me debí conformar con hacer la ruta del cobre y que antes había sido la de la plata. El circuito, como dije, comienza en Chañaral y asciende hasta El Salvador, campamento éste hecho a medida, una ciudad orgánica perfecta a escala pequeña y cuyo único verdor es el del Estadio del Cobre, del emblemático Cobresal.  Al  sur pero dando la vuelta, como quien dice por arriba, se baja hasta llegar a Copiapó, la histórica ciudad de la plata del siglo XIX, la misma que en el año 2010 se llenó de medios de prensa de todas partes del mundo para transmitir el rescate de los 33 mineros atrapados bajo 720 metros de profundidad. Pero su fama, o infamia, más bien, viene de antes. El pasado glorioso de esa zona se inscribe con Chañarcillo, uno de los más grandes yacimientos de plata de América, descubierto por casualidad por un pastor de cabras y luego vendido a los León Gallo. Lo cierto es que Copiapó es un centro minero histórico que junto al salitre enriqueció como nunca a la oligarquía chilena mientras ésta azotaba inclemente al pobre minero. Ahí se produce también el primer trayecto del ferrocarril de Chile y en general los primeros rasgos de nuestra imperfecta modernidad. En fin, ahí todo se relaciona con su pasado minero: bares, hoteles, terminales de buses, reflejan una ciudad de tránsito a las minas. El copiapino de una u otra forma es en esencia un minero, concibe la vida como tal, es un pueblo de luchas sociales, y la ciudad a su vez, una gran mina a cielo abierto. Debo decir que este viaje a la Tercera Región estuvo además azuzado por las lecturas de Andanzas de un alemán en Chile (1851-1863) (1958), interesante relato de viaje del alemán Paul Treutler, quien cuenta de manera amena y anecdótica los pormenores de los hallazgos, inscripciones y leyes del mineral. Recorrer la zona con Treutler bajo el brazo es anular la distancia temporal, el espacio minero es inmune al tiempo. 

Entonces fue mi ida personal al Norte, de búsquedas y de cuestionamientos interiores, un viaje de aprendizaje. Un viaje exploratorio marcado por estas tres experiencias-hallazgos: la de un pueblo fantasma al que no pude acceder en la realidad, la del viejo minero de mi abuelo cuya figura se pudo apenas reconstruir a partir de delebles fragmentos y la de un huidizo fotógrafo que mientras más cerca, más lejos… Todo envuelto en un halo de misterio de preguntas que llevaban a otras preguntas, devolviéndome siempre al lugar de partida, al rito circular de donde hay que sacar la hebra que permita seguir viviendo.

El viaje fue pues la experiencia de tres universos complementarios y por tanto una realidad que no se podía comprender si no era uniendo estas partes, partes que en el fondo estaban hechas de múltiples fragmentos, todos difusos por la imponencia del desierto y la memoria de los años. Cada viaje comporta una experiencia única. El viaje no existe sino como hechos particulares que a su vez conforman el conjunto. Sin embargo, como todo viaje, éste debía tener un retorno, la llegada al punto de partida. Este retorno estuvo dado por la experiencia vivida el día 24 de febrero del 2007, en Tulahuén.

La llegada a Tulahuén fue un hecho espontáneo, inmediato, apresurado. Puesto un pie en Ovalle y confirmada la noticia que mi fotógrafo vivía a 80 km de ahí no pensé en otra cosa más que en partir al instante. Pero debí aguantarme hasta el otro día. El viaje requería dormir bien para partir temprano; despierto, fortalecido por un buen descanso y desayuno ovallino, pan amasado de queso de cabra fresco y un tazón de café con leche. En la mochila lo indispensable: agua, frutas, un libro y el cuaderno de notas. Ovalle, como la mayoría de las capitales provinciales de nuestro país, es un pequeño centro urbano cuyo valor no está en él mismo sino en su interior, es decir, en los innumerables pueblos que le circundan. Punitaqui y Tulahuén son dos de ellos. Punitaqui es una de las ciudades de esta Provincia del Limarí, ubicada al sur de Ovalle, mientras que Tulahuén es sólo una localidad, un valle, el último del interior, donde más allá no hay más que cerros crecientes del macizo andino, y que pertenece a la comuna de Monte Patria (“Era más grande que el pueblo/ la luna de Monte Patria/ los vecinos la cuidaban/ como a una oveja de nácar…”, canta la Mistral, quien nació bajo este mismo cielo, en Monte Grande).

Dicho y hecho. La idea estaba trazada con tiempo y cálculo. Si cabe contar pormenores, lo haré pero no por el apego al detallismo sino con el fin de construir la imagen completa de una experiencia que se inicia esa misma mañana, hermosa y clara, y que se cierra con la vuelta de esos atardeceres estivales del campo, con los pies molidos de tanto caminar, pero revitalizado por el triunfo de la jornada, por el día ganado, matizado por ese inconfundible olor a tierra húmeda que sale de los jardines recién regados.

La primera experiencia me la brinda el terminal de buses. La estación, el umbral entre el campo y la ciudad, un espacio donde se confunden sacos, cajas de supermercados, viejitas enclenques con un luto absoluto que contrasta con su cabellera blanca. A su lado esos señores decimonónicos que espero se mantengan eternamente con sus desgastados trajes azules, su camisa blanca abrochada al cuello, el sombrero de ala corta (así se visten también lo viejos mapuches, al sur, simulando la parodia al huinca burgués) y con uno bigotito de huaso inconfundible. También están los más jóvenes pero de camisa a cuadrillé, sombrero de paja, jeans, botas, correa de cuero bruto y, claro, la navaja. Este sujeto me causó siempre extrañeza, y hasta algo de desconfianza, lo veo espiando en estos lugares públicos apoyados en esas antiguas y pesadas bicicletas, full equipo. No sé, será que siempre esperan a alguien que nunca llega. Este huaso es medio asolapado (una vez en un rodeo vi a uno reventarle una botella de pilsen chica a otro en la cabeza), le gusta las rancheras y escudriña sin reservas al desconocido. Este espacio de estación rural es la imagen inversamente proporcional al del terminar de buses moderno. Las voces y gritos, los olores, los viajeros, hacen que la espera sea lejos más amena que la de cualquiera de los otros rodoviarios urbanos, tan impersonales, tan de espaldas a la realidad.

Ese mundo de tradición se termina de completar con el destartalado bus o micro que por viejo han dado de baja en la ciudad. Es la versión moderna de la carreta de antaño. Así, en ese mundo interno de estos medios que unen el centro con la frontera rural, donde todos conversan y se ayudan con sus bolsos, los saltos sobre el huevillo y el mucho polvo que impregna todo, se llega a la última parada, la de Tulahuén, donde hace treinta años llegó Sergio Larraín para seguir con su búsqueda de dar con el sentido último del hombre. Pero ya no a través del lente de su Leica sino por medio de la meditación, el silencio, la pintura; todo aquello que lo pusiera en contacto con la naturaleza toda.

En medio del camino se fue vaciando la micro, de modo que en Tulahuén sólo quedamos unos pocos pasajeros. Obviamente el extraño ahí era yo, cuestión que no jugaba a mi favor si quería que la visita al fotógrafo fuera lo más sencilla y natural posible. A todo esto, debo decir que nunca antes hubo contacto alguno con Larraín. No había como. Yo iba con la fe y no con la razón cierta de que él vivía ahí. Una fe inmensa ahora que lo pienso. Mi plan era, como digo, sencillo: llegaría a su casa, tocaría a su puerta, le diría, breve y preciso, mi propósito y luego vería cómo se suceden las cosas. Si me acepta, me decía, conversaría con él el rato que fuera necesario y siempre en torno al paso suyo por Valparaíso; si no, bueno, si me rechaza, estaba igual de preparado como si lo hiciera. Ambas posibilidades a esas alturas ya me resultaban gloriosas. De hecho la experiencia del viaje y el arribo a Tulahuén hacían sentirme afortunado. El arrojo de llegar allá y hacer lo que estaba haciendo me llenaron de un aire épico, y aunque algo nervioso, decidido y confiado en llegar hasta el final. Habría encontrado a Sergio Larraín, el más grande fotógrafo chileno, aquel imperceptible hombre que instaló a Valparaíso en el imaginario poético universal, ese que fue amigo de Neruda, que trabajó con Violeta Parra, el mito viviente que refleja otro Chile, habría sido por fin y por mis propios medios, intuiciones y atrevimiento, hallado por mí. Y entonces, y en el mejor de los casos, se venía una reedición del libro incluyendo la entrevista que le haría y con ella La cuadra y mi trabajo sobre los imaginarios porteños tomarían otro vuelo porque contarían ahora con el testimonio oral de quien hace cuarenta y cuatro años hizo de Valparaíso un espacio poético. Todas esas ocurrencias llenas de entusiasmo mientras caminaba con disimulada ansiedad directo a su casa. ¿Pero dónde vive? ¿Cuál es su casa? No tenía dirección, nada. Sólo este dato: el fotógrafo Sergio Larraín.    

Tulahuén es un poblado pequeño con dos hitos principales: la calle que le atraviesa y la plaza, el resto casas antiguas y pasajes de tierra que abren sendas por quebradas y cerros. Cuando llego, junto con la polvareda que deja la micro después de bajarme, siento el calor de las doce, aquí matizado con una leve brisa verdosa, de hojas que abanican y saludan al visitante. La naturaleza se impone para decirnos que eso es campo y no ciudad. Recuerdo que no había nadie en la calle a quien preguntar por el hombre de mi destino. El primer paso, el almacén. Ahí tampoco había nadie. Nunca hay nadie en los almacenes de campo. Hay que llamar a sus dueños, con un timbre, una campanilla o, como en este caso, con un simple “alooo”. Del fondo sale una señora gorda que parecía estar almorzando. El negocio es parte de una vieja casa de adobe, claroscura, con un gran mesón y una despensa con unos cuantos productos de almacén. La doña me dio el dato exacto, suba por aquí, siga por allá, tire a la izquierda, y métase por ese sendero hasta el final. Ahí vive el pintor (!).

En efecto, era una callecita estrecha franqueada por un largo muro de piedras que llegan hasta el portón mismo de su casa. Una casa de bloques de hormigón bruto con ventanas de madera color verde. Pero esta es sólo la fachada, la puerta principal, si la hay, se halla a la vuelta, una vuelta que implica seguir el sendero de piedras, como la laberíntica ciudad medieval islámica, bajar y perderse porque los árboles, inmensos, o, mejor, desmesurados parrones, tapan todo, excepto una puerta pequeña que parece no conducir a ninguna parte. Y entonces los silbidos, los aló, subir a la fachada y golpear los vidrios de las ventanas, volver a bajar, subir otra vez, era el juego absurdo de sentirse perdido en la incertidumbre total ya que al cabo nada me revelaba, con plena certeza, que Larraín viviera ahí y, por otro lado, la casa ya no era una sino dos o más. En la primera —la de la fachada— era evidente que no había nadie, me cercioré por medio de todas las formas posibles de golpear los vidrios de una ventana: con el hueso del meñique, luego con el del índice, después con el puño, con una moneda… Nada. Nadie. Nadie porque también vi el interior de la casa. Lo que divisé, la verdad, más que una casa eran dos cuartos semivacíos, como olvidados por el poeta de la imagen. En uno había un viejo escritorio con hojas sueltas, ningún libro, pero daba la impresión de tener un uso poco frecuente, el otro lo ocupaba un delgado un colchón tendido en medio, antes que cama parecía un sitio de meditación, pensé. Pero ni muebles, ni camas, ni sillones. Eso que pude ver, recuerdo, ahora después de cinco años, no parecía casa, aunque eran dos salas, que bien podrían haber sido unos cuartos aledaños como, tal vez, y lo más probable, la casa misma de Sergio Larraín, y el resto, patio, siembras, jardines, qué sé yo si ni trepando el muro de piedras pude divisar que había por el lado de abajo. Si Larraín vivía ahí o no estaba o simplemente estaba en otra. En otra para no atender a ningún inesperado intruso citadino.

Pero no me di por vencido. Un parroquiano que pasaba en caballo me dijo que a veces se iba para el monte porque estaba construyendo algo, otra casa, un templo, a estas alturas prefiero imaginar cualquier cosa por inverosímil que sea. No subí tanto y no por el cansancio ni por las posibilidades ciertas de perderme sino por la imprudencia, ya era mucho, hasta su casa parecía un gesto aceptable, un atrevimiento razonable, pero seguir más allá me resultaba un desatino, habría perdido el carácter de búsqueda y transformado en una obstinada persecución. Además podía no estar. Otro vecino me dijo que a veces bajaba a Ovalle, al correo. Eso me desanimó. Me gustaba más la idea de lo inalcanzable. Siempre más arriba el viejo. Más cerca del cielo, donde yo no podía y seguramente nunca pueda llegar. Otro dato era que podía estar en casa de su hijo, con quien se visitaba con frecuencia. Pero eso implicaba, en breve, bajar en picada un kilometro, cruzar un río, seguir una huella y en los primeros caseríos preguntar por Larraín Jr. Eso ya no me gustaba, y, otra vez, no por la distancia (ese día 24 andaba inyectado) sino, por lo mismo, que dejara de ser una búsqueda y se tornara en un evidente acoso. Larraín una presa que testarudamente me habría propuesto cazar. Le habría quitado el carácter mágico al encuentro. Porque siempre tuve reservada la idea de una recepción amable, sobria pero cordial. Jamás me imaginé un acto descortés de su parte. Incluso un “no: no quiero atenderte”, me habría resultado afectuoso. ¿Cómo alguien con esa vida, para mí ejemplar, trataría a otro, a otro como yo, que entonces sólo quería conocerlo y aprovechar de preguntarle por la bohemia popular de Valparaíso —pero nada que tenga que ver con Magnum, sus viajes, su retiro, lo más lejos posible de idolatrarlo como mito, ángel, ni menos como fotógrafo de Dios…— se comportaría ante mí, digo, en forma grosera? Si lograba que conectaran nuestras, como se dice, fibras íntimas, era el inicio de un amistoso diálogo, pensaba yo mientras me acercaba a la que supuestamente era la casa de su hijo. Un poco lejos de la casa-templo.

Ahí estaba la clave. En que el Larraín que yo buscaba no era el mismo que buscaban quienes lo conocían mejor o no conociéndolo querían hacerse famosos por él. Por eso que como tampoco lo hallé en la casa de su hijo lo primero que hice de regreso en Ovalle fue ponerle una carta en su buzón de correo diciéndole que no era fotógrafo ni menos periodista. Tenía la sana necesidad de distanciarme de estos oficios y plantearme como lo que en el viaje siempre fui: un aprendiz. Un viajero detrás de algunas respuestas que llenaran el sentido mi vida. Tal vez por eso fue entonces que al tiempo recibí un paquete de parte de Larraín que contenía una carta respondiendo de alguna forma mis inquietudes sobre ese, su, Valparaíso retratado, y tres libros de meditación, hechos cuidadosamente a mano.

De modo que al final del periplo no sólo no había hallado algún dato más certero o concreto sobre mi abuelo materno (su tumba, alguna foto, algún hermano o primo que hubiera compartido conmigo algún recuerdo concreto suyo), tampoco logré llegar a Potrerillos y recorrer, como quería, sus calles desiertas, visitar la escuela, el hospital, los lugares fantasmas, sentir el peso gravitante de la historia minera de nuestro norte chileno, del mismo modo también me fue imposible encontrarme físicamente con Sergio Larraín. Ninguno de mis propósitos inicialmente planteados tuvo el resultado esperado.

Pero esa es la gracia de la aventura del viaje. Se sabe cómo se parte pero no como se regresa. Las preguntas se multiplicaron. En vez de volver con respuestas llegué con más y más preguntas pero que, paradojalmente, en lugar de inquietarme me serenan porque son preguntas que nacen de respuestas pero ya no de particularidades, ya no de esos tres hechos puntuales que llevaba agendados cuando salí de mi casa, sino de cuestiones más trascendentales que no puedo responderme sino con los años. Porque ya no se trata de fechas, nombres o personas puntuales. La cuestión ahora es más general, adquiere carácter universal en la medida que compromete la historia social, la memoria de nuestro pueblo. Con o a través de Laureano Araya, mi abuelo, y Sergio Larraín, el fotógrafo de Tulahuén ingreso a formar parte de la historia de mi nación, adquiero la nacionalidad cultural que ellos y su generación han brindado a mí y a este país desmemoriado que tanto le cuesta mirar con dignidad el pasado. En fin, el retorno a Valparaíso no es el punto de llegada: es el punto de partida de un compromiso que conmina a retribuir la memoria histórica del cual somos parte y sin la cual no podremos construir ni presente ni menos futuro.

                                                                                                                        Maracaibo, febrero, 2012

Carta de Sergio Larraín: "Poética del oficio"

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